Terra curanda

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Sistemas internacionales de regulación pesquera

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De Marcelo L. Morales-Yokobori

Todos conocen que la sobrepesca se ha convertido en uno de los graves problemas del hombre en cuanto a su relación con el medio ambiente. América Latina, desde sus cuencas marítimas Atlántico Sur-Occidental y Pacífico Sur-Oriental, es uno de los grandes exportadores de bienes biológicos marinos hacia mercados desarrollados como Europa, Canadá y EEUU, entre otros.

Si bien es cierto que los mercados demandantes han sido parcialmente responsables, junto a la permisividad de las autoridades locales, en la descontrolada presión ejercida sobre los bienes y servicios de nuestros mares; corresponde señalar que también desde el seno del mundo desarrollado han nacido nuevos sistemas de regulación. Entre ellos cabe mencionar el del Consejo de Administración Marina o “Marine Stewardship Council o MSC”.

El Consejo de Administración Marina nace en el año 1997 como una iniciativa de la multinacional Unilever, uno de los mayores comerciantes de productos marinos del mundo, y de la World Wildlife Fund (WWF). El MSC logra su independencia formal en el año 1999, como “registered charity” radicada en Londres. Su objeto social es promover la pesca sustentable mediante el reconocimiento a aquellas pesquerías que satisfacen un estricto programa científico de explotación de bienes y servicios marinos.

A través de una evaluación rigurosa por parte de biólogos expertos, la conformidad de una pesquería con un conjunto de indicadores desarrollado por el mismo MSC es lo que va a determinar si dicha pesquería es merecedora o no de llevar una etiqueta de reconocimiento sobre sus productos finales.

Argentina es pionera en Latinoamérica en materia de evaluación de sus recursos mediante esta nueva modalidad. Tres pesquerías ya han obtenido el reconocimiento del MSC; la pesquería de vieira patagónica (Zygochlamys patagonica), la pesquería bonaerense de anchoíta (Engraulis anchoita) y la Pesquería de hoki (Macruronus magellanicus). Esta certificación les permite a estas pesquerías acceder a mercados, que de otra manera no podrían o deberían hacerlo reduciendo sus utilidades.

Pero la buena noticia para nuestros países es que además constituye un beneficio para nuestros ecosistemas marinos, al establecer condiciones de estricto cumplimiento para conservar este reconocimiento, que anualmente es revisado y cada cinco años reiniciado por completo.

La experiencia hasta ahora parece demostrar que el sistema funciona, promoviendo así un mayor cuidado de los bienes y servicios de los mares del mundo.

Pero existen otros aspectos que también merecen ser abordados y es la mayor dependencia con los países centrales que este sistema puede generar. Hasta ahora los latinoamericanos no hemos desarrollado un sistema alternativo, no tanto que desafiara al MSC en su cometido, sino para demostrar al mundo que ante el cuidado de nuestros propios recursos podemos ser perfectamente responsables e independientes. Estimo que capacidad intelectual no nos falta y razones mucho menos.

Australia es un buen ejemplo que deberíamos mirar. Su legislación (“Environment Protection and Biodiversity Conservation Act 1999”) establece que toda exportación de pesca debe satisfacer los estrictos requisitos de un programa de certificación nacional. Para tal fin, implementaron el método de Evaluación de Riesgo Ecológico para el Esfuerzo Pesquero (“Ecological Risk Assessment for the Effort of Fishing”) desarrollado por la “Australian Commonwealth Scientific and Research Organization (CSIRO)”. Nada menos que el MSC tomó de este método importantes herramientas de análisis de riesgo, las cuales son utilizadas en ausencia de información científica satisfactoria, algo de frecuente ocurrencia en nuestros países.

Sin entrar a medir cuánta voluntad política hace falta para implementar en nuestros países un programa de similares objetivos al australiano, es imprescindible promover la concienciación de que la explotación responsable de nuestros recursos es un deber para con nosotros y nuestra posteridad. Los océanos nos quedarán cada vez más chicos a no ser que los empecemos a cuidar.

Esta voluntad política tiene que ser a nivel latinoamericano, dada la importancia para nuestras economías de los recursos marinos y el comportamiento poblacional de los mismos los cuales desconocen límites jurisdiccionales marítimos; urgiendo a la cooperación en todo el territorio continental tanto a nivel científico como regulatorio.

 

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